Reseña del libro "Guarichas, crónicas de la alfarada"
La Pato levantó a sus acompañantes y se pusieron en marcha hacia el sur. Cinco días les tomó llegar a Palenque. Miles de recuerdos venían a la mente de la Pato. Cerezo, Natividad, sus hermanos, las bolsas de tiros amarradas al cuello de los chapulos, las historias de Infante. Entre esa rememoración, se sentó en la plaza, trenzó su cabello y esperó. La guagua que llevaba ya caminaba, y era el encanto de las guarichas jóvenes, quienes la atendían y le hacían jugar. En verdad le quitaban un peso de encima cuando se entretenían con ella. Más rápido que antes, se acercó un cholo en ropa de recolección de arroz. “Eh, Pato, si te veo por aquí son güena noticia”. Era un viejo chapulo de apellido Díaz. La Pato le sonrío: “claro, bámbaro”, le dijo y le mostró la carta. El arro-cero no sabía leer, por lo que le pidió que le diga de qué se trataba. La Pato se acercó con una mirada de fuego, de venganza. “Los Concha llaman a levantamiento, carajo”. El arrocero se quedó helado, incrédulo. La Pato y las guarichas se rieron. “¿Es cierto?”, preguntó. “Carajo, claro que es cierto, pendejo”, contestó la guaricha. El cholo le dio un beso y salió corriendo. Se perdió por el monte. Iba a reunir a su vieja montonera, buscaría su viejo rifle, su pañuelo rojo, su historia. Era el momento de cabalgar de nuevo